Astrid y Gastón
Sobrio, elegante, quizá un poco aburrido, todo en café y rojo quemado, pero muy confortable y de atención excelente. Hacer como peruano y pedir un pisco sour muy blanco, que baja suavemente y pone a gusto. El menú es complicado; agradeces la presencia y dedicación de los meseros. Palabras raras (anticucho, tacu tacu), todo suena igual, pescado, papa y cosas, ¿de qué se trata? Pero no, cada tipo de platillo está definido y si bien muchos de los ingredientes añadidos se repiten (camote, maíz, papa), los resultados son variados, por lo crudo o cocido, el tipo de carne y una que otra salsa secreta. Te adaptas a la oscuridad que impone cierta compostura y llegan los platillos, y la cosa se vuelve un tanto festiva. Mucho, muchísimo sabor en las salsas de cada manjar, extrañas y diferentes, pero muy convincentes; elementos mojados, otros secos, todo agradable. Chupe de camarones, huachinango en leche de tigre, reducciones de jamaica y un magnífico pedazo de carne de cerdo, delicado y fino como la novia del príncipe, casi casi convencen del precio.
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